Córdoba

Córdoba / VERSO SUELTO

Silencio

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Renació intacta y sugerente una Córdoba inmortal que Julio Romero de Torres había conservado viva y tersa

Día 09/02/2012 - 09.31h

Sólo una de las mujeres. Entre los cientos de mujeres misteriosas y taciturnas, de ojos bellos y abismales como un pozo en la noche, la memoria sólo recuerda a una que pida silencio, y por las paradojas de la mirada, el siseo con el que quiere evitar que despierten a Santa Inés en el magnético retablo es el sonido más contundente que se escucha en las salas del museo. Hasta el arte jondo está sugerido y esencial, hasta «Alegrías» suena como un susurro ensordinado por la distancia, hasta «La saeta», que allí debiera estar para que todos la disfruten, parece más una oración para los adentros que un quejío rotundo de La Talegona.

Las demás mujeres no piden silencio porque viven en él y contagian a todos la quieta tensión de sus labios cerrados, el enigma callado que cuentan con el iris oscuro, el neblinoso paisaje donde una figura lejana y perdida quiere contar que hay algo más que un retrato y que las curvas, el pelo y los labios tienen doble filo. Hubo un tiempo, me dijo quien de esa atmósfera serena sacó palabras eternas y absolutas, que Córdoba fue una ciudad de silencios, como si quienes paseaban sus calles temieran que una voz más alta que otra, mientras más fuerte peor, fuese a manchar la cal de una casa o la caliza, oro viejo y eterno, de una iglesia. En los cuadros las mujeres callan y casi aprietan los labios porque quizá su autor pensara que nada podía decirse mejor que como él lo contaba.

Mira el hombre su crimen con el cuchillo ensangrentado por la locura de los celos y hasta las apergaminadas alcahuetas de «El pecado» parecen silenciosas con sus sonrisas huecas al lado de la ternura salmódica y casi cuaresmal de «La gracia». Delira la impaciencia en «Horas de angustia», vibran el miedo y la admiración en la penumbra de la «Ofrenda al arte del toreo» y emerge en la ribera la capa de un hombre en «Ángeles y Fuensanta». Viven mudas la insinuación por hipnosis en «Chiquita piconera», las lágrimas en «Mira qué bonita era» y la lucha sensual y vana de «Rivalidad», que allí debiera estar para que todos la disfruten.

Hasta los ángeles de «Virgen de los faroles» cantan para sí las alabanzas, como si copiaran la devoción ensimismada de «Flor de santidad». Renació intacta y sugerente, apasionada en la rica severidad de miradas y colores, una Córdoba inmortal que se pensaba perdida y que Julio Romero de Torres había conservado viva y tersa como la carne de sus mujeres, esencial y auténtica más allá de tópicos, poética e inagotable por más que uno se acerque cientos de veces a las miradas que parecen atravesar el pensamiento. Ahora que ha vuelto a abrir el museo, con gran esplendor de rojo y oro y con la guía de las manos más expertas y sabias, habrá que dejarse caer por él las veces que entre tanto ruido de palmas, gritos impostados y trajes de lunares tapando torres de Catedral, no encontremos a Córdoba.

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