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Si no existieran las ciudades habría que inventarlas. Como ha señalado Edward Glaeser, economista de la Universidad de Harvard, nos hacen «más ricos, más inteligentes, más ecológicos, más sanos y más felices». Cada mes cinco millones de personas llegan a ellas desde el campo en busca de una vida mejor.
Pero esta circunstancia no afecta un hecho cultural vinculado a su imagen. Tienen mala prensa. Hay una estirpe de novelistas dedicada a escribir mal de las ciudades. Se trata por lo general de tipos urbanitas, instalados en barrios burgueses, que viven muy bien de lo mal que tratan el hecho urbano, para ellos una suma de marginalidad y degradación.
Esta circunstancia afecta en especial a Madrid, que reúne una serie de identidades odiosas para las parroquias del nacionalismo cateto y los narradores de la desgracia humana. Fue capital del imperio español. Adquirió su condición en tiempos de Felipe II, personificación de la leyenda negra.
Ha sido capaz de mantener su jerarquía simbólica europea y mundial durante siglos. Parece que todo le resbala y ahí sigue. La globalización ha sentado bien a Madrid y el estado autonómico la ha fortalecido. El problema de esta gente es que no conoce Madrid y a los madrileños más que en sus estereotipos e imágenes exóticas.
Leyeron a los viajeros franceses del romanticismo y se los creyeron. Sobre esta base los nacionalismos periféricos crearon el mito del Madrid-vampiro y hubo un tiempo en que casi había que pedir perdón por ser de aquí.
Ciertamente, la capital de España representa muy bien la «modernidad líquida», pues lleva en su ADN la flexibilidad y arrogancia barroca respecto a las identidades concretas. A sus vecinos les da igual si es en origen visigoda o árabe, porque no hay conflictos étnicos ni lingüísticos de ningún tipo.
Madrid representa el mundo de los Austrias españoles, con su corte itinerante y milagrera. No se pregunta a nadie por su pasado. Por si acaso. En una corte todo el mundo tiene algo que ocultar. Tiene una entrada hosca y hay que ir con calma. Hemos descubierto que existen Madrid en Colombia, Suecia, Estados Unidos, Filipinas, Guinea, Argentina, México, Cuba o Canadá. Por diferentes razones. A ver si nos hermanan los del ayuntamiento con ellos. Les damos el trabajo hecho. También hay un cráter en Marte que se llama Madrid. Con estos será más difícil, pero todo se andará.




