Tengo varias razones para no explicarme el interés del gobierno por limitar la velocidad en las autopistas y autovías españolas a 110 kilómetros por hora. El ministro del Interior ha señalado que esa limitación supone un ahorro del quince por ciento en el consumo en el caso de la gasolina y de un diez por ciento en el del gasoil. No soy experto en la materia, pero tengo entendido que en esos niveles de velocidad una diferencia del ocho por ciento, que es la que hay entre 110 y 120, no produce un ahorro significativo. Me da la sensación de que Rubalcaba ha exagerado los porcentajes de ahorro para abrir un debate sobre la medida, que además lleva añadido un cambio de la señalización correspondiente en las autovías y autopistas; es decir un gasto adicional para poner la medida en vigor.
Por el contrario, no albergo la menor duda de que la controvertida medida ha convertido esto de la velocidad en tema de conversación y cuestión de debate a la que se ha dedicado mucho tiempo y mucha tinta –ante sus ojos tiene el lector un ejemplo de lo que digo-. Por si no era suficiente Rubalcaba ha dejado abierto el debate sobre la nimiedad del tipo de pegatinas a colocar sobre las actuales señales. Para mi que ese es su objetivo principal: distraer la atención con estos asuntos, como lo hizo días atrás, desde una de las terminales de su ministerio, con la idea de limitar a 30 kilómetros por hora la circulación en los cascos urbanos o que las bicicletas pudieran circular libremente por los acerados si tenían tres metros de ancho. Solapa unos anuncios controvertidos con otros y así van pasando las semanas y el paisanaje entretenido con las velocidades, no habla de los cuatro millones y medio de parados, de la gravedad de la crisis, de que nuestro Producto Interior Bruto continúa de capa caída mientras el resto de los países de nuestro entorno despegan o que el fondo del saco en que estamos metidos es mucho más grande de lo que han venido diciéndonos.
Me malicio todo esto porque estos días no he dejado de hacerme una pregunta, ante la entrada en vigor de los 110 kilómetros por hora y las razones dadas por Rubalcaba para aplicarla. Según ha argumentado el todopoderoso vicepresidente del gobierno la medida de ahorro está relacionada con la escalada del precio del petróleo, a cuenta de lo que ocurre en Libia, que se ha situado entre los ciento diez y los ciento veinte dólares por barril. La pregunta que aletea en mi cerebro es: ¿Por qué entonces no planteó esa modificación cuando hace menos de dos años el barril de petróleo costaba ciento sesenta dólares? ¿Es que en aquellas fechas nos regalaban el petróleo? ¿No era necesario el ahorro si ya estábamos metidos de lleno en la crisis?
Alguien podrá decir que por aquel entonces Zapatero negaba la existencia de la crisis, como otros afirman ahora que la medida tiene un carácter recaudatorio a cuenta del incremento de multas de tráfico que va a producirse. Estoy convencido de que el juego que Rubalcaba se trae entre manos es más mefistofélico y busca sobre todo distraernos con asuntos baladíes.



