
Jueves
, 20-05-10
SIEMPRE recordaré a Salcedo Hierro la última vez que hablé con él. Estábamos sentados en una cafetería, yo preguntando y él respondiendo. Las palabras le salían con lentitud y, de vez en cuando, daba sorbos breves pero parsimoniosos a la copa de vino que tenía delante. Hablaba de forma pausada, con voz ya ronca pero perfectamente modulada, y contaba cosas de Córdoba en un pasado que le fue dado conocer y vivir. Lo recuerdo también en otras ocasiones -su presencia fue imprescindible durante décadas en los actos culturales de ámbito local-, siempre con su dicción cuidada de hombre de teatro, su mirada un tanto displicente, su porte tan cercano al llamado «senequismo» cordobés.
Recorrió tres cuartos del siglo XX y asistió a la desaparición, unas veces paulatina y otras brusca, de una forma muy determinada de hacer y sentir la ciudad, y de transmitir su vida y su cultura. Fue pregonero «todo terreno», declamador, gastrónomo, cronista, ágil versificador de temas más o menos tópicos y alma de los estudios de Arte Dramático. Tuvo incluso su faceta política, como concejal de Cultura con Antonio Alarcón Constant, y en calidad de tal inició gestiones que a la postre llevarían a la salvación del Gran Teatro. Luego, Herminio Trigo lo hizo cronista oficial: ejemplo vivo, pues, de supervivencia y conexión entre dos regímenes políticos. Otros lo hicieron cambiando de chaqueta y reapareciendo tras un tiempo de ocultamiento o purgatorio; él, que no tenía nada que ocultar ni de que avergonzarse, lo hizo a cara descubierta y nunca escondió sus convicciones.
Con Salcedo Hierro se va otra de las voces que hablaban con conocimiento de causa de una Córdoba a la que le queda poco para terminar de irse. El padre Cantueso, que compartía con él esta sabiduría, aunque en otro ámbito, lo habrá recibido con un abrazo en un patio del cielo, encalado y lleno de geranios.


