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Sonaban las campanas de la Catedral a las 12.40 del mediodía. En la capilla mayor, Demetrio Fernández González acababa de tocarse con la mitra y sostenía en su mano izquierda el báculo con alegorías martiriales. Desde ese momento era obispo de Córdoba.
Bajo la torre matriarcal de Hernán Ruiz II, el nuevo sucesor de Osio había firmado -a la hora del Ángelus- su compromiso de «respetar las costumbres de la Iglesia Catedral de Córdoba», y pocos minutos después, con los oficiantes ya revestidos, se formó la procesión de entrada: la componían 74 sacerdotes y 40 obispos y arzobispos, a los que hay que añadir los que ya estaban preparados en los laterales del presbiterio, hasta los casi 400 concelebrantes.
Siete candelabros
Al inicio de la misa -pontifical con siete candelabros en el altar mayor-, Juan José Asenjo presentó ante los diocesanos su nuevo pastor, y viceversa: «Los cordobeses son sencillos, leales y entrañables», le dijo. La celebración eucarística tuvo más de dos horas de duración, y en ella se intercaló la bella solemnidad de la misa De Angelis interpretada por el coro del Seminario San Pelagio.
La homilía duró 23 minutos y fue la primera que monseñor Fernández dirigía a sus nuevos feligreses de forma directa. Y lo hizo dejando muy claros, desde el principio, sus criterios, porque después de proclamar que «nadie como tú, Iglesia del Señor, ha producido tantos frutos y de tanta calidad en la historia de esta ciudad y provincia» y de resumir la multisecular historia del primer templo, señaló abiertamente: «Quiero reafirmar con claridad que no es posible el uso compartido de la Catedral de Córdoba, porque ni lo consiente la religión musulmana, ni cabe en la verdad de la religión cristiana ese uso compartido».
Dirigiéndose a los fieles laicos, les pidió que «no prestéis atención a quienes denigran a la Iglesia o sacan a relucir sus trapos sucios para atacarla. La Iglesia es nuestra madre, y aunque sus hijos somos pecadores, ella nos limpia y nos hace hermosos, como una madre embellece a su hijo pequeño aunque se ensucie muchas veces».
Y tras recordar que «la Iglesia no quiere privilegios», señaló que tampoco «quiere dejar de recordar que la vida es un don de Dios y que nadie puede suprimirla directamente, y menos aún en el seno materno, por ningún motivo, y que en la etapa terminal, la vida y la muerte son dignas si se respeta y se mima a la persona hasta el último suspiro». «No podemos callar ante estos temas tan delicados», apostilló.
Petición de colaboración
«Cuento con vosotros en esta nueva etapa que hoy comenzamos», dijo a los cordobeses antes de despedirse con cariño de los fieles turiasonenses que habían venido a acompañarlo en su nuevo destino pastoral. Y tampoco olvidó dar las gracias «a los medios de comunicación, que contribuís eficazmente a mi presentación en la diócesis» antes de cerrar sus palabras invocando la protección de las Vírgenes de la Fuensanta y los Dolores y del arcángel San Rafael.Un prolongado aplauso selló las palabras del prelado.
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