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Domingo, 11-10-09
Medina Azahara ha sido casi siempre un estorbo para esta ciudad. Miente quien defienda lo contrario. En el pecado va la penitencia: estamos destinados a asumir que gran parte del futuro de Córdoba pasa por ella, después de haberle dado la espalda en el pasado y el presente. Como ese trasto viejo que vive arrumbado en el desván y del que tenemos cierta noción de su valor, este yacimiento arqueológico sigue siendo una caja de sorpresas cada vez que se abre por completo ante nuestros neófitos y poco indulgentes ojos. En definitiva, ante nuestra absoluta ignorancia y desinterés. No hay más.
La Junta de Andalucía se ha encargado de recordarnos estos días, para poner el parche antes que la herida, que un reciente sondeo realizado por la Consejería de Cultura revela que el 68 por ciento de los cordobeses no ha visitado jamás el conjunto arqueológico de la ciudad palatina de Abderramán III. Es decir, tan sólo uno de cada tres descendientes de este soberano omeya de la España musulmana conoce in situ una de las joyas de la arqueología mundial, mimada entre la comunidad científica del ramo; pero olvidada por ese hombre-masa de Ortega y Gasset que inactúa. En la nueva masa global, la que une su cordón umbilical mental a Internet, el despropósito demoscópico es el mismo. Si uno teclea en Google el término «Medina Azahara» verá cómo de sus 334.000 entradas, las primeras están copadas por el grupo de rock andaluz que aún lidera Manolo Martínez y que tomó el nombre, casi por no pelearse con otros grupos de la época, de una «escombrera» que había por la carretera de Palma del Río entonces, pensarían muchos.
En ese 68 por ciento hay un ramillete fascinante de fatalidades. Desde el letargo de «ver piedras», que aduce la mayor parte sellando su ceguera intelectual y simpleza, hasta el fracaso de la propia Junta de Andalucía por no haber conseguido en todo el tiempo que lleva gestionando ese recinto el atractivo necesario para implicar a toda una sociedad e involucrarla en el mantenimiento de este complejo monumental que por ser pasto de la indiferencia lo es hasta de la protección mundial que podría proporcionarle la Unesco.
Puede que el primer paso sea emplear la cultura visual en la que vivimos sumidos para rescatar a ese hombre-masa pródigo. Puede que recrear la fantasía, el idealismo del sueño de un hombre, la leyenda o el valor urbanístico de aquella ciudad antes de surcar sus callejuelas o visitar el Salón Rico y la Casa de los Visires sea un gesto elogiable por difundir cultura, patrimonio, historia y universalidad. Al menos, a muchos botarates no se les atragantarán ahora «las piedras» tras el recorrido virtual. No debe solaparse aquí, pues, el reconocimiento a la Administración autonómica por este nuevo centro de recepción de visitantes que inauguró Su Majestad la Reina doña Sofía el pasado viernes en Córdoba y que ha supuesto una inversión de 22 millones de euros.
Pero no hay que focalizar la culpa de ese despropósito demoscópico del 68 por ciento únicamente en los cordobeses que no han tenido (o no han querido tener) la oportunidad de perderse, en el buen sentido de la palabra, por las faldas de la Sierra. Mucha culpa de ese fracaso colectivo está en la Junta, en el Ayuntamiento y también en el Gobierno. Y no sirve argumentar los proyectos e inversiones que de manera discontinua, en algunos casos, se han ido desarrollando sobre el yacimiento arqueológico. Medina Azahara ha vivido en una montaña rusa ciclotímica en la que cuando parecía tocar el cielo con los dedos, caía en picada al abismo. Del esplendor omeya pasaba al lúgrube parcelismo ilegal consentido. Del romántico empeño de unos cuantos aventureros de la memoria (los Ricardo Velázquez, Félix Hernández, Romero Barros o Inurria) al expolio o la especulación. Habría que ir pensando en darle la vuelta a las encuestas, y no poner más «piedras» en el camino.
Francisco J. Poyato Director de ABC Córdoba
fjpoyato@abc.es
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